Anamari Gomís nos preguntó en su clase de Literatura mexicana, a propósito de la novela que nos dejó leer, El cuerpo expuesto de Rosa Beltrán, cuántas novelas conocíamos que en algún punto de la narración tocaran el tema del cuerpo, o que lo trataran como tema principal. Fueron varias las obras que se mencionaron: Lobas de mar, de Zoé Valdés; Middlesex, de Jeffrey Eugenides; Inmaculada, de García Ponce; La montaña mágica…
La conversación desenlazó en que pocas novelas (ninguna que en ese momento alguien del grupo recordara al menos), hablan explicita ni eróticamente del cuerpo masculino. Me fui de clase con la idea de que el cuerpo del hombre es un tema tabú, tan incómodo para hombres como para mujeres.
Hoy, sin embargo, visité sin mayor afán que el de entretenerme en mi día libre la exposición “El hombre al desnudo: dimensiones de la masculinidad", que muestra artes plásticas a partir del siglo XIX en el MUNAL. El requisito: que en la obra aparezca un hombre (por lo menos con el torso) desnudo.
Las salas están dispuestas en orden cronológico y temático. De acuerdo con mi memoria, la primera sala está dedicada a la figura del hombre como ideal estético. Hay aquí, por ejemplo, un estudio anatómico de José María Velasco acompañado de una ficha que dice, en resumidas cuentas, que el profesor Eugenio Landeso les explicaba a sus alumnos de la Academia de San Carlos que para lograr la representación plástica de todo lo que existe, habría que tener conocimientos de anatomía y de historia natural y social.
El arte de la segunda sala también pertenece al siglo XIX, pero aquí la estética obedece a un fin ideológico nacionalista o religioso. Esta sección es inaugurada por un cuerpo fortísimo de mármol que cualquiera pasaría por Hércules, excepto cuando la vista llega hasta arriba y resulta ser el rostro de un personaje indígena.
Las siguientes salas mezclan arte moderno y contemporáneo. Los temas son el sufrimiento, el deseo y lo explícito (expresado con otra palabra que ahora no recuerdo, pero refiriéndose a la pérdida de la idealización visual reemplazada por un cuerpo, por ejemplo, con arrugas, ancianidad y sobrepeso, como en una escultura expuesta de Javier Marín).
Me pregunto si en las artes plásticas hay una historia de mayor apertura al motivo del cuerpo masculino que en la literatura. Al terminar la exposición hay una sala lúdica en la cual una pared está adornada de fragmentos de poesía, todos escritos por hombres.
Ninguno de estos fragmentos es explícito, ni siquiera el de Salvador Novo. Elías Nandino habla de estar desnudo en “Con mi soledad a solas”; también Girondo habla de la desnudes en “Ruiseñor del lodo”, pero no hay en estos poemas un repaso por el cuerpo masculino como sí lo hay del femenino en “Adela” de Eraclio Zepeda, por ejemplo, o en varios poemas de Segovia.
La mujer acaso haya sentido incluso más vergüenza de hablar del cuerpo masculino; tampoco su propio cuerpo ha sido motivo de exploración sino hasta tiempos recientes (la joven poeta madrileña Luna Miguel ha recopilado poesía escrita por mujeres que habla sobre la menstruación). Tal vez debiera ser la mujer la que retrate el cuerpo de su amante en una obra. La mayor parte de los cuadros que se exponían en el MUNAL eran de pintores también: Juan Soriano, Gustave Moureau, Paul Cézanne, Picasso, Saturnino Herrán, Siquieiros…
Pienso, por otra parte, que si la tradición literaria es menos explícita que la pictórica al retratar el cuerpo masculino, se debe a su materia misma: la palabra. La palabra se desarrolla gradualmente en la imaginación a través de sus diferentes disposiciones rítmicas, métricas, metafóricas, etc. y por eso abarca un plano más grande y más abstracto que una impresión. ¿Cómo es “un hombre desnudo/ en medio de una calle de miradas”? No hacen falta descripciones, cuando Villaurrutia dice “un hombre desnudo”, lo vemos.